La ingrata pero realista historia bíblica cuenta que mientras Moisés estuvo sobre el monte Sinaí durante 40 días y 40 noches el pueblo “se sentó a comer y a beber y se levantó a regocijarse” Éxodo 32: 5 -6
Ellos proclamaron una “fiesta a Jehová” y el pueblo hizo un intento de adorar al Dios verdadero, pero al estilo Egipcio. Una estatua de un becerro de oro, comida abundante, licores y por supuesto “danzas” y desenfreno (ver 19)
Un joven llamado Josué que había subido la montaña hasta cierta altura acompañando a Moisés, pensó que la música que se escuchaba en el campamento era “Alarido de pelea”, gritos de lucha, pues la música “danzable” que los Judíos aprendieron en Egipto era muy ruidosa acompañada de tambores y sonidos estridentes. Moisés que paso parte de su vida en las cortes Egipcias por décadas sabía perfectamente que sonido era ese: “No es voz de alaridos de fuertes, -dijo el- ni voz de alaridos de débiles; voz de cantar oigo yo.”
Es muy interesante que luego de este pasaje vergonzoso de la historia, Moisés le enseño al pueblo de Israel las leyes de Dios contenidas en los primeros cinco libros de la biblia. Estas leyes hablan sobre alimentación, salud, justicia, propiedades, convivencia, conducta y casi todo aspecto de la vida cotidiana, pero no mencionan ni una sola palabra en cuanto a la música sagrada. A pesar de las minuciosas especificaciones sobre los sacrificios y las ofrendas, y el servicio en el santuario, Levítico y Éxodo ni siquiera mencionan algo en cuanto a la música. Apenas se mencionan unas trompetas de plata que servían para llamar a la congregación.
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